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Reeducación para la ciudadanía - 11/02/08
Gabriel Albiac y Jon Juaristi (poeta, ensayista, ex director de la Biblioteca Nacional, columnista de ABC), hablan sobre el experimento del "Reino de Dios", la sociedad utópica que Fray Girolano Savonarola intentó realizar en la Florencia de finales del XV. El ensayo incluyó la quema de libros clásicos, la destrucción de cuadros de Botticelli y una persecución implacable de todo el que no acataba que Savonarola fuese "el único transmisor e intérprete de los mandatos divinos", como recuerda Albiac. Los primeros pensadores sobre el Estado moderno, Guicciardini y Maquiavelo, dedicaron atención al experimento de Savonarola y extrajeron "una lección imborrable". "Basta de delirios buenistas acerca del hombre nuevo", dice el director de Reeducación para la Ciudadanía.

Sobre la base de esta experiencia histórica, el filósofo y el escritor conversarán acerca de Educación para la Ciudadanía como un nuevo experimento de imponer "el Reino de Dios" (en este caso, el "reino de Dios-Estado") en la tierra. El programa de esta semana se completa con la sección habitual "Progresa Adecuadamente". En esa ocasión, se analizarán los contenidos de la asignatura en las distintas comunidades autónomas donde ya se imparte Educación para la Ciudadanía.

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1 Comentario


Como Zehman no ha transcrito los últimos editoriales, tomo el relevo por ahora. Un saludo a todos los "albiacmaniacs".
5. Reeducación para la ciudadanía - 11/02/08 – La utopía de Savonarola sobre Florencia.
http://www.libertaddigital.tv/ldtv.php/programas/ver-programas/reeducacion_para_la_ciudadania_11_02_08/
“Entre 1494 y 1498, Fray Girolamo Savonarola hizo de la ciudad de Florencia laboratorio para el primer gran experimento de sociedad utópica en la sociedad moderna. Proclamó a Dios rey único de Florencia y se erigió él mismo en único transmisor e intérprete de sus mandatos.
El Paraíso en la Tierra –anuncia- ha iniciado su curso y la perversidad de la ciudad que rendía culto a las artes, los libros, la cultura, debe ser borrada para que el reino de Dios se consume.
La educación de una ciudadanía nueva, a la medida de los delirios salvíficos del nuevo profeta sería la condición de esa culminación de la historia humana. Allá donde hubo ciudadanos, debe ahora haber creyentes; allá donde el clasicismo griego fuera venerado como un renacer del pensamiento y las artes, debe ahora caer la losa de una doctrina pueril a la cual todos por igual se sometan. De este modo –proclama el frate-, en breve tiempo la ciudad se conducirá con tanta piedad que será un paraíso terrestre y vivirá en júbilo, entre cantos y salmos y los muchachos y muchachas serán como ángeles, y serán educados, a un tiempo, en el vivir piadoso y en la moral cívica. Y para esto se prepara una ciudad futura, con un tipo de gobierno más celeste que terreno, en donde será tanta la felicidad de los virtuosos que alcanzarán la felicidad espiritual ya en este mundo.
Francesco Guicciardini, en su “Historia de Italia”, y Niccolò Machiavelli, en su “Correspondencia”, nos han dejado una imagen vívida y escalofriante del paraíso que la educación de su nueva ciudadanía angélica estaba llamada a consolidar: los libros clásicos quemados en las bibliotecas, los cuadros de Botticelli condenados a la hoguera. La próspera ciudad, en suma, náufraga súbitamente de un desbarajuste del cual sólo la caída y suplicio del fraile pudo, in extremis, salvarla. El enigma central de lo que había sucedido es, para Maquiavelo, inocultable: “no éramos una ciudad de gentes supersticiosas e ignorantes –medita-; muy al contrario, Florencia era quizás la sociedad más rica y culta del final del siglo XV. ¡Cómo pudo dejarse llevar durante cuatro largos años a una tan metódica práctica de la locura!” Y Maquiavelo, como Guicciardini, pone el acento en la devastadora infantilización que un poder con pretensión angélica puede llegar a imponer sobre una ciudadanía adulta. Y sobre el efecto catastrófico que la interferencia del gobernante doctrinario en todos los ámbitos de lo privado arrastra consigo.
Confundidas en una sola figura, providencial, las funciones de lo religioso, lo político, lo educativo y aun lo doméstico, el margen de resistencia ciudadana acaba por trocarse en fe. Y todo lo ganado por la ciudad durante un siglo se perderá en pocos meses.
Del savonaroliano reino de Dios sobre Florencia, finalmente desmoronado en 1498, la generación de los grandes políticos florentinos que renovarán el pensamiento político moderno en la primera mitad del XVI, extraerá una ley imborrable. Maquiavelo y Guicciardini le darán su forma más sólida: “¡basta de delirios buenistas acerca del hombre nuevo!” La política es, debe ser –dice Maquiavelo- “arte di conoscere ei tempi, l'ordine delle cose, di comodarsi a quelle”: el arte de conocer los tiempos y el orden de las cosas y ajustarse a ellos. Y nunca más utopías y nunca más una ciudadanía reeducada”.
[1] Enviado por Ikayé desde Europe el 26/02/2008 a las 10:02:52


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